Bueno, bueno, bueno… Camboya me tiene hasta los mismísimos
cordones. O al menos Siem Reap. El tercer y último día que hemos pasado en esta
ciudad sinceramente nos ha sobrado. ‘No hem fet res de profit’ más allá de
pegarnos una sesión de SPA de dos horas –algo muy típico de aquí según se ve-
por unos 66 dólares los dos, poco más de 50 euros al cambio. No ha estado nada
mal pero el colmo de lo rocambolesco ha sido lo del autobús-hotel. Os cuento…
El viernes me costó bastante dormir, no concilié el sueño
hasta pasadas las 3 de la mañana y encima, sobre las 2, fui oyente involuntario
de un revolcón que se pegó el guiri de la habitación de arriba con una
muchachas de esas que hacen la calle. Muy pringado debía ser el chaval porque
la niña, una vez burlado el sofisticado sistema de seguridad del hotel para
evitar que los huéspedes suban fulanas a la habitación –un recepcionista
espatarrado y sobado en una tumbona en la recepción que ni oía el timbre de la
puerta-, le subió la tarifa en mitad del calentón.
Ya sabéis que mi oído no es de fiar pero creo que en los
preliminares, la prostituta le dijo que de 50 dólares, la tarifa había cambiado
a “one hundred” que viene a ser lo que mayormente son cien dólares. El chaval,
con toda la sangre que suele habitar pacíficamente en el cerebro concentrada en
la punta de su ‘varita del amor’, accedió y seguramente, alma de cántaro,
habría dicho que sí incluso a una subida súbita a “two hundred”. Cosas de las
hormonas. En fin.
Como si de una comedia se tratara, la cama chirrió oxidadamente
mientras se oían jadeos. Imagino que mientras decidían el plan, se pasaron un
rato saltando sobre la cama, porque todo el mundo sabe que el sexo fuera del
matrimonio es pecado. ¿Eh, pecadores? ;)
El chaval, imagino que un jabato en lo suyo, aguantó lo
suyo. No sé si fui el único del hotel que asistió al esperpento, pero al final
le cogí cariño a la historia de amor y me los imaginé casados y teniendo
churumbeles, a lo ‘Pretty Woman’. No se dio el caso, corrido el asunto, ella se
apeó antes de las caricias y el –o al menos eso espero- se debía pegar una
ducha para desinfectar todo lo desinfectable. Se puede decir que me hicieron
compañía mientras combatía el insomnio viajando virtual y ciberneticamente
entre islas de Tailandia trazando el destino a seguir en las dos semanas que
nos quedan.
Como no teníamos nada que hacer el sábado, más que esperar a
que a sobre las 19.30 nos vinieran a buscar para mudarnos rumbo a Sihanouk
Ville, nos pusimos a buscar hotel en nuestro nuevo destino, hicimos el equipaje
y el correspondiente chek out del hotel.
Bien. Si los chinos antes de esta actualización, en
concreto, y de empezar a escribir este blog, en general, me caían como una
patada voladora en los mismísimos adornos navideños que cuelgan a mitad de
camino entre la rodilla y el ombligo, ahora me caen mucho peor. Resulta que
como fue el fin de año chino, a los tropecientos millones de ‘amarillos’ les da
por escaparse unos días a las playas y a las islas. Y a la que teníamos pensado
ir, Koh Rong Salmoem, se ve que les encanta y no encontramos habitación ni
bungalow..
La familia de la Guest
House /hotel, ha sido muy amable porque nos ha ayudado a
buscar todas las opciones factibles pero no ha servido de nada. Decepcionados,
nos hemos ido a hacer algunos recados pendientes y en una de las agencias de
actividades que abundan en Siem Reap y en cualquier ciudad por la que hemos
pasado de momento, hemos encontrado una oferta de bungalows a pie de mar, en
otra isla muy cercana, Koh Rong, aunque algo más habitada. Hemos reservado para
las dos próximas noches a un precio más alto de lo normal por el puñetero
exceso de demanda de los chinos y su año nuevo. 55 dólares por noche, aunque
esperemos que valga la pena.
Con el mal sabor de boca apaciguado parcialmente, hemos seguido
con los quehaceres. Como os comentaba, la jornada no ha sido demasiado
provechosa y después de comer –muy mal por ciento, en un Kentucky Fried Chiken-
nos hemos pegado el homenaje del SPA. La primera hora ha sido un tratamiento
exfoliante con una crema muy típica de la región y luego ha sido un masaje de
los de toda la vida con aceites aromáticos. La verdad es que yo era muy reacio
y tenía mis dudas, pero vaya con el masaje. Una gozada, totalmente recomendable
porque terminas tan relajado que ni te puedes levantar. Realmente eso si se les
da bien a esta gente.
Hemos terminado de hacer cosas. Matizaré que el recado más
importante que teníamos que hacer y que en realidad nos ha llevado todo el día
ha sido buscar un cargador para la cámara subacuática porque, no me gusta ser
chivato, pero cierta rubia de pelo rizado que me acompaña en el viaje se lo
dejó en Maó. No ha habido forma de encontrar nada y ya cuando nos rendíamos, en
una tienda de chinos –sí de los de toda la vida- hemos encontrado un aparatejo
que al parecer tiene que funcionar. Ya sabéis de la obsesión compulsiva de los
chinarros con las luces brillantes y parpadeantes, pues el mecanismo del
aparato es sencillo. Si la batería está bien colocada y carga, se encienden un
montón de luces en la caja de plástico, si no lo está, no hay festival
lumínico.
Hemos cenado una de las peores pizzas que he probado en mi
vida y hemos ido hacia el hotel a esperar para que nos recogieran para
llevarnos al bus. El chófer, por no llamarlo maldito bastardo, nos ha hecho
esperar más de una hora y media, cuando tenía que llegar entre las 19.45 y las
20.10 porque el bus salía a las 20.30. Pues soibre las 22 se ha presentado, con
muchas prisas, y con la furgoneta vacía. Es cierto que durante la tarde-noche,
el tráfico se ha puesto fatal en el centro de la ciudad pero es que por
momentos he pensado que de camino se había parado en Ca’n Senyalet a por un
croissant.
Bueno, hemos ido a buscar a más usuarios como nosotros pero
de los tres hoteles a los que hemos ido solo había gente esperando en uno.
Imaginamos que los de los otros dos habían mandado la furgoneta, vista la hora,
a donde está muy lejos y huele mal. Encima, el conductor, cuando nos ha dejado
en el bus, nos metía prisas porque “it’s too late, bus is leaving”. Mamón.
El hotel-bus este que nos ha costado 17 dólares a cada uno y
que en teoría nos tiene que llevar a Sihanouk Ville, si no morimos por el
trayecto, es la peor idea que hemos tenido desde aquel día que en plena comida
familiar, a mi hermano y a mí se nos ocurrió lo de mezclar Mentos y Coca Cola
Light. ¿No lo habéis probado? ¿A qué esperáis?... Volviendo al tema, el bus es
más grande y alto de lo normal y en lugar de tener asientos, tiene camas de
aproximadamente 180
centímetros y en los que se meten si o si dos personas.
¿Qué cómo he encajado mis 189 centímetros en el cubículo? A mi me tiene
más intrigado qué pasa si tu compras una plaza y te toca compartir cama con un
extraño…
Puede que contado de este modo resulte atractiva la idea de
moverse así por Camboya para aprovechar el tiempo. Todo lo contrario. Para que
lo entendáis, nuestro colchón está sucio de algo que, en el mejor de los casos,
será vomitado, y cuando hemos pedido que nos cambiaran las sábanas, nos han
dicho que no tenían. Clara se ha puesto como una moto y les ha llamado
mentirosos, sinvergüenzas y tal, y cuando le ha pedido a uno de los empleados
que abriera el maletero para coger el saco y evitar cualquier contacto con esa
materia extraña, le ha ignorado. Cuando ya me he cansado de que no le hicieran
caso, he salido del cubículo y al empleado en concreto le he dicho “open now”.
No sé qué me ha empezado a decir, entre las risas de sus compañeros, pero se lo
he repetido ya cabreado y las risas se han acabado. Ha abierto el maletero y luego
ha venido a traernos una sábana para cubrir la mancha. Creo que he sido lo
suficientemente convincente.
El vehículo ya de por si huele rarito y en la propaganda te
decían que había wifi y que lo llevaban dos chóferes profesionales. No hay
rastro de Internet por ningún lado y la estampa de los conductores tiene tela.
Hemos empezado con tres chavales que no sé si han llegado a los 20, que sonríen
bobaliconamente todo el rato y que a medida que íbamos avanzando se han
dedicado a ir recogiendo a amigos y ahora mismo en la cabina son seis, con una
chica incluida. La sensación es como si nos hayan tomado el pelo soberanamente
en plan, se reunen un grupo de amigos y el más espavilado dice “¿a que no
tenéis huevos de largarnos unos días de fiesta a Sihanouk Ville? Nos agenciamos
un bus, le hacemos un par de apaños y lo transformamos en un hotel y le tomamos
el pelo a los turistas”. Y los otros, españolitamente, contestan como simios
“¿Qué no? ¿Qué no?”.
Y aquí estamos, tumbados a la bartola en mitad de ninguna parte
yendo a toda pastilla. ¿Os acordáis de lo que decía en la anterior entrada de
que el país no parece que esté acabado? Pues no queráis ver cómo son las
carreteras... En realidad no las veriaís porque sencillamente no existen.
Además, como no sé si los muchachos se han propuesto compensar el tiempo
perdido organizando al pasaje o batir un nuevo récord, estamos yendo bastante
rapidito. (Podéis ver una foto del pasillo del bus, hecha con el móvil, donde se ven las cortinas doradas
La idea ahora es pasarnos los dos próximos días en la isla
esa en la que solamente hay electricidad un rato al día y no creo que haya
Internet.
Si os queréis hacer una idea por donde estamos, aquí os dejo
una web que tiene algo de información y un video que no está nada mal. Aunque
aviso que no os recomiendo que lo veáis si estáis hasta las cejas de trabajo
porque es una auténtica pasada.
Sin más, y esperando que hagáis todo lo que esté en vuestras
manos para ser felices, nos despedimos con un ‘hasta luego’.
Besetes!
(Todo esto lo escribí durante el trayecto del bus y lo he colgado nada más llegar de vuelta a Sihanouk Ville)
¡Feliz Año Nuevo!
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