Impacto

martes, 4 de febrero de 2014

Paradiseando en el paraíso

Levantarte, caminar unos doce pasos y estar en el agua, es una gozada. Se mire por donde se mire. Y más si estás en mitad de una playa de arena fina y blanca, con un mar tan tranquilo que parece que lo cubra un manto invisible y con un sol que irradia calor y una sobredosis de buen rollo. Pues así fue el despertar del primer día en nuestra particular isla paradisíaca.

Hay que decir que el lugar en cuestión tiene sus peros. Como que la electricidad está limitada de las 18 a las 23 horas, no hay wifi ni nada que se le parezca, que a las 4 de la mañana hay un gallo que empieza a cantar y que a las seis, de nuevo, el animal se echa unos berridos.

Todo esto, y que en mitad de la noche me ha cogido un ataque de diarrea brutal, ha condicionado el rato de dormir. Aunque el premio ha sido que cuando me he despertado a las 4 para correr urgentemente al WC, el cielo estrellado estaba más intenso que nunca porque solamente había una luz en toda la isla, o al menos en toda la bahía.

A pesar de todo, a las 8.30 ya estábamos en pie, para aprovechar al máximo el día. Tras el baño y el paseo matutino por la playa, hemos decidido ir a explorar la playa del otro lado de la isla, porque a las 12 además tenía prevista la llegada el barco ese que nos llevó a nosotros el día anterior y queríamos evitar el desembarco de turistas.

Nosotros estamos en Saracen Bay y hemos cogido un camino de unos 40 minutos por la selva a Sunset Beach, una playa que tiene la arena dorada en lugar de blanca y donde había mucha basura, además del agua revuelta y algo de viento. Hemos desayunado allí y luego hemos alquilado dos equipos para hacer snorkeling a cinco dólares cada uno. Una ganga (modo ironía ON).

Después hemos estado tumbados al sol y cuando ya nos hemos enfartado hemos vuelto a nuestra playa, para recorrerla hasta el final, donde en teoría hay un poblado de pescadores, pero en realidad nos hemos dado cuenta de que hay más resorts de los que pensábamos.

Tras el paseo, hemos vuelto al bungalow y hemos nadado hasta que ha caído el sol. Yo me he ido a mirar a unos niños de la isla que se pasan el anochecer pescando desde uno de los tres muelles que tiene la playa. Me ha hecho gracia porque cuando solía ir a pescar al puerto de Maó y era muy crío, venían gente mayor a hablarme y hoy he sido yo el mayor, preguntando a los chavales.

De vuelta, me he encontrado con dos sepias en libertad, lo que da una idea clara de cómo está la fauna marina aquí. La verdad es que es genial ver peces por todos los lados. El problema es que está sucio y los camboyanos no ven necesario cuidar el medio ambiente. De hecho, tiran todo lo que les sobra al mar o al suelo. Si de verdad confían en convertirse en un destino TOP en el futuro más inmediato, deberán concienciar mucho más a sus habitantes.

Hemos cenado pronto, sobre las 20 horas, y antes de volver a la habitación nos hemos entretenido un rato más con el pláncton, intentando hacer un video para enseñaroslo pero no ha habido forma, está todo tan lejos que no se puede apreciar.


Y bueno, hoy me despido pronto porque tengo mucho sueño y quiero descansar cuanto antes para seguir aprovechando el viaje durante el día.










Pesadilla antes del paraíso


Existe una posibilidad muy remota de que yendo en el autobús de los chalados que os comentaba en la entrada anterior, nos pegásemos un leñazo contra algo y el otro barrio resulte la isla de Koh Rong Samloen. Menuda preciosidad. La arena más blanca que recuerdo, rodeado de vegetación y un mar calmado y claro. Pero si estás leyendo esto, creo que significa que no nos quedamos a mitad de camino empotrados contra una señal, por ejemplo, sino que todo lo que vivimos fue real. Pero como siempre, os lo explicaré con orden.

La exasperante travesía concluyó con la llegada a Sihaonuk Ville casi dos horas más tarde de lo previsto y esos impresentables del autobús sacaron las maletas de todos los pasajeros tirándolas muy cerca de un montón de basura y a un suelo polvoriento que nos dejó las mochilas rojas y muy sucias. A contrarreloj (llegamos sobre las 9.15 y nuestro barco salía a las 9.30), cogimos el equipaje mientras un ‘tuk-tukero’ nos esperaba con un cartel con el nombre y apellido de Clara y que nos dijo “tranquilos, he hablado con los del barco y nos esperan”.

Sihanouk Ville es algo más alegre que Seam Reap, pero nada del otro mundo, una ciudad costera que como el resto del país, parece que está por terminar. Tras llegar al muelle, le preguntamos al chófer cual era nuestro barco y él, con cara de panoli, nos apuntó a uno que estaba en mitad del mar como a 700 metros. “Ese”. Pues vaya… Un chaval que controlaba los billetes y con cara todavía más de panoli –Apenas parecía que superara los 16 años- se ve que era el que ‘pinchaba y cortaba’ el bacalao y con un golpe de teléfono hizo que el barco volviera al muelle a por nosotros.

La travesía fue dura porque en teoría nos habían dicho que íbamos directos a la isla pero resulta que estábamos en un barco tipo ‘Don Juan’ del puerto así que nos chupamos alguna excursión porque íbamos cargados de chinos –ya sabéis, el puñetero año nuevo-. Preguntamos a los del barco, que no tenían ni idea de inglés, cuál era nuestra isla y nuestro hotel, y nos dijeron que era Koh Rong. La siguiente parada, pasada ya la hora de viaje, fue Koh Rong Samloen, una isla que la guía decía que apenas tenía unos bungalows construidos y que la verdad es que era nuestra primera opción.

La isla nos encantó desde el primer momento. Su arena blanca, sus aguas tranquilas, la sensación de paz… Es cierto que estaba un poco sucia y que hay algunos obreros levantando algunos resorts más, pero era un paraíso. Estuvimos una hora y luego el barco hizo sonar la bocina y fue hora de volver. Ya instalados y a punto de zarpar vino corriendo un chino con boina y empezó a preguntar a todo el pasaje, nosotros incluidos, que tenía una reserva de dos personas que en teoría se tenían que quedar. “Qué envidia”, pensé, porque la verdad es que era ideal el sitio.

Los dos despistados no aparecieron y el barco zarpó con su ritmo cansino, incómodo y pausado, rumbo a Koh Rong. Después de la noche que habíamos tenido, nos moríamos de ganas de llegar al bungalow, pegarnos una buena ducha, comer y descansar.

Otra hora después, llegamos. El sitio era similar, la arena era blanca y fina, el agua muy transparente también pero había más ambiente. Había entre veinte y treinta edificios justo detrás de la playa, alineados, mucha gente joven, música, bares, hostales de un piso con el edificio completamente de madera… La verdad es que lo vimos con buenos ojos. Al hablar con los encargados de uno de los hostales nos dijeron que los bungalows nuestros no estaban allí, después de hacer tres llamadas.
¿Os acordáis de los despistados de la otra isla? No hace falta decir nada más… Cabreados –sobre todo Clara- con los de la barca, les dijimos que nos llevaran de vuelta a la otra isla porque nos habían indicado mal. Se negaron en rotundo y durante un rato estuvimos dándole vueltas a qué hacer, si buscar otro bungalow en Koh Rong o negociar con algún barquero que nos llevara. Llegados a este punto os admito que Camboya y su gente nos tiene un poco hasta las pelotas, por tramposos, machistas, irresponsables y maleducados. Por cierto, entre el 85 y el 95 por ciento de la población camboyana es china…

Encontramos al ‘Capitán’, un señor mayor, con unas cataratas inmensas y medioborracho, que se ofreció a llevarnos muy amablemente. Y por 20 dólares, claro. Al saber el lugar donde íbamos y la urgencia que teníamos, la tarifa subió a 30 dólares. Lo dicho, hasta los mismísimos nos tiene esta gente. Nada, que aceptamos y esta vez, el viaje de regreso en lugar de durar una hora duró 40 minutos que se hicieron eternos.

Estábamos tan cansados que solamente queríamos llegar a donde fuera. En el primer resort, que según Clara parecía que lo llevara un francés mayor y con aspecto de vicioso, nos dijeron que no era allí pero en el segundo, después de otras tres llamadas de comprobación, nos dijeron que era allí. El mismo chino de la boina y que en el barco, al enseñarle el papel del hotel nos dijo que no era allí, fue el que nos atendió en el ‘chek in’.

Llegamos mientras el sol caía y con la temperatura ideal para darse un baño relajante en un lugar de ensueño, antes de pegarnos un homenaje en la ducha y, ya de noche, ir al restaurante a por unos fideos los míos con ternera (4.5 dólares) y los de Clara con verduras (3.5). Además de nueve cervezas entre los dos, que hicieron de tranquilizante estupendamente.

Clara había leído en la guía que de noche, en esta isla, se podía ver brillar el plancton en el agua así que antes de dormir dimos un paseo por la fina arena, en busca del espectáculo. Ni rastro. Nos llevamos una pequeña decepción, aunque lo compensaba el hecho de ver un cielo estrellado hipnótico, similar al de la noche en mitad de la selva, pero seguimos caminando un rato y de repente vimos un destello en mitad de la arena de color verde fosforito. Y al llegar hasta allí nos dimos cuenta de que a cada pisada que dábamos se veía del mismo color. Fue increíble.

No solamente con las pisadas reaccionaban los destellos sino que al salpicar, todavía se veía más. Fue muy bonito, nos entretuvimos un buen rato, y sin duda el mejor broche posible a un día muy largo y muy duro. Bona nit.

Besetes!


(MÁS TARDE COLGAMOS LAS FOTOS, MIENTRAS DISFRUTAD CON EL VIDEO NADA MÁS DESPERTAR)

Sexo en Camboya, sin nosotros y un viaje con pirados

Bueno, bueno, bueno… Camboya me tiene hasta los mismísimos cordones. O al menos Siem Reap. El tercer y último día que hemos pasado en esta ciudad sinceramente nos ha sobrado. ‘No hem fet res de profit’ más allá de pegarnos una sesión de SPA de dos horas –algo muy típico de aquí según se ve- por unos 66 dólares los dos, poco más de 50 euros al cambio. No ha estado nada mal pero el colmo de lo rocambolesco ha sido lo del autobús-hotel. Os cuento…

El viernes me costó bastante dormir, no concilié el sueño hasta pasadas las 3 de la mañana y encima, sobre las 2, fui oyente involuntario de un revolcón que se pegó el guiri de la habitación de arriba con una muchachas de esas que hacen la calle. Muy pringado debía ser el chaval porque la niña, una vez burlado el sofisticado sistema de seguridad del hotel para evitar que los huéspedes suban fulanas a la habitación –un recepcionista espatarrado y sobado en una tumbona en la recepción que ni oía el timbre de la puerta-, le subió la tarifa en mitad del calentón.

Ya sabéis que mi oído no es de fiar pero creo que en los preliminares, la prostituta le dijo que de 50 dólares, la tarifa había cambiado a “one hundred” que viene a ser lo que mayormente son cien dólares. El chaval, con toda la sangre que suele habitar pacíficamente en el cerebro concentrada en la punta de su ‘varita del amor’, accedió y seguramente, alma de cántaro, habría dicho que sí incluso a una subida súbita a “two hundred”. Cosas de las hormonas. En fin.

Como si de una comedia se tratara, la cama chirrió oxidadamente mientras se oían jadeos. Imagino que mientras decidían el plan, se pasaron un rato saltando sobre la cama, porque todo el mundo sabe que el sexo fuera del matrimonio es pecado. ¿Eh, pecadores? ;)

El chaval, imagino que un jabato en lo suyo, aguantó lo suyo. No sé si fui el único del hotel que asistió al esperpento, pero al final le cogí cariño a la historia de amor y me los imaginé casados y teniendo churumbeles, a lo ‘Pretty Woman’. No se dio el caso, corrido el asunto, ella se apeó antes de las caricias y el –o al menos eso espero- se debía pegar una ducha para desinfectar todo lo desinfectable. Se puede decir que me hicieron compañía mientras combatía el insomnio viajando virtual y ciberneticamente entre islas de Tailandia trazando el destino a seguir en las dos semanas que nos quedan.

Como no teníamos nada que hacer el sábado, más que esperar a que a sobre las 19.30 nos vinieran a buscar para mudarnos rumbo a Sihanouk Ville, nos pusimos a buscar hotel en nuestro nuevo destino, hicimos el equipaje y el correspondiente chek out del hotel.

Bien. Si los chinos antes de esta actualización, en concreto, y de empezar a escribir este blog, en general, me caían como una patada voladora en los mismísimos adornos navideños que cuelgan a mitad de camino entre la rodilla y el ombligo, ahora me caen mucho peor. Resulta que como fue el fin de año chino, a los tropecientos millones de ‘amarillos’ les da por escaparse unos días a las playas y a las islas. Y a la que teníamos pensado ir, Koh Rong Salmoem, se ve que les encanta y no encontramos habitación ni bungalow..

La familia de la Guest House/hotel, ha sido muy amable porque nos ha ayudado a buscar todas las opciones factibles pero no ha servido de nada. Decepcionados, nos hemos ido a hacer algunos recados pendientes y en una de las agencias de actividades que abundan en Siem Reap y en cualquier ciudad por la que hemos pasado de momento, hemos encontrado una oferta de bungalows a pie de mar, en otra isla muy cercana, Koh Rong, aunque algo más habitada. Hemos reservado para las dos próximas noches a un precio más alto de lo normal por el puñetero exceso de demanda de los chinos y su año nuevo. 55 dólares por noche, aunque esperemos que valga la pena.

Con el mal sabor de boca apaciguado parcialmente, hemos seguido con los quehaceres. Como os comentaba, la jornada no ha sido demasiado provechosa y después de comer –muy mal por ciento, en un Kentucky Fried Chiken- nos hemos pegado el homenaje del SPA. La primera hora ha sido un tratamiento exfoliante con una crema muy típica de la región y luego ha sido un masaje de los de toda la vida con aceites aromáticos. La verdad es que yo era muy reacio y tenía mis dudas, pero vaya con el masaje. Una gozada, totalmente recomendable porque terminas tan relajado que ni te puedes levantar. Realmente eso si se les da bien a esta gente.

Hemos terminado de hacer cosas. Matizaré que el recado más importante que teníamos que hacer y que en realidad nos ha llevado todo el día ha sido buscar un cargador para la cámara subacuática porque, no me gusta ser chivato, pero cierta rubia de pelo rizado que me acompaña en el viaje se lo dejó en Maó. No ha habido forma de encontrar nada y ya cuando nos rendíamos, en una tienda de chinos –sí de los de toda la vida- hemos encontrado un aparatejo que al parecer tiene que funcionar. Ya sabéis de la obsesión compulsiva de los chinarros con las luces brillantes y parpadeantes, pues el mecanismo del aparato es sencillo. Si la batería está bien colocada y carga, se encienden un montón de luces en la caja de plástico, si no lo está, no hay festival lumínico.

Hemos cenado una de las peores pizzas que he probado en mi vida y hemos ido hacia el hotel a esperar para que nos recogieran para llevarnos al bus. El chófer, por no llamarlo maldito bastardo, nos ha hecho esperar más de una hora y media, cuando tenía que llegar entre las 19.45 y las 20.10 porque el bus salía a las 20.30. Pues soibre las 22 se ha presentado, con muchas prisas, y con la furgoneta vacía. Es cierto que durante la tarde-noche, el tráfico se ha puesto fatal en el centro de la ciudad pero es que por momentos he pensado que de camino se había parado en Ca’n Senyalet a por un croissant.

Bueno, hemos ido a buscar a más usuarios como nosotros pero de los tres hoteles a los que hemos ido solo había gente esperando en uno. Imaginamos que los de los otros dos habían mandado la furgoneta, vista la hora, a donde está muy lejos y huele mal. Encima, el conductor, cuando nos ha dejado en el bus, nos metía prisas porque “it’s too late, bus is leaving”. Mamón.

El hotel-bus este que nos ha costado 17 dólares a cada uno y que en teoría nos tiene que llevar a Sihanouk Ville, si no morimos por el trayecto, es la peor idea que hemos tenido desde aquel día que en plena comida familiar, a mi hermano y a mí se nos ocurrió lo de mezclar Mentos y Coca Cola Light. ¿No lo habéis probado? ¿A qué esperáis?... Volviendo al tema, el bus es más grande y alto de lo normal y en lugar de tener asientos, tiene camas de aproximadamente 180 centímetros y en los que se meten si o si dos personas. ¿Qué cómo he encajado mis 189 centímetros en el cubículo? A mi me tiene más intrigado qué pasa si tu compras una plaza y te toca compartir cama con un extraño…

Puede que contado de este modo resulte atractiva la idea de moverse así por Camboya para aprovechar el tiempo. Todo lo contrario. Para que lo entendáis, nuestro colchón está sucio de algo que, en el mejor de los casos, será vomitado, y cuando hemos pedido que nos cambiaran las sábanas, nos han dicho que no tenían. Clara se ha puesto como una moto y les ha llamado mentirosos, sinvergüenzas y tal, y cuando le ha pedido a uno de los empleados que abriera el maletero para coger el saco y evitar cualquier contacto con esa materia extraña, le ha ignorado. Cuando ya me he cansado de que no le hicieran caso, he salido del cubículo y al empleado en concreto le he dicho “open now”. No sé qué me ha empezado a decir, entre las risas de sus compañeros, pero se lo he repetido ya cabreado y las risas se han acabado. Ha abierto el maletero y luego ha venido a traernos una sábana para cubrir la mancha. Creo que he sido lo suficientemente convincente.

El vehículo ya de por si huele rarito y en la propaganda te decían que había wifi y que lo llevaban dos chóferes profesionales. No hay rastro de Internet por ningún lado y la estampa de los conductores tiene tela. Hemos empezado con tres chavales que no sé si han llegado a los 20, que sonríen bobaliconamente todo el rato y que a medida que íbamos avanzando se han dedicado a ir recogiendo a amigos y ahora mismo en la cabina son seis, con una chica incluida. La sensación es como si nos hayan tomado el pelo soberanamente en plan, se reunen un grupo de amigos y el más espavilado dice “¿a que no tenéis huevos de largarnos unos días de fiesta a Sihanouk Ville? Nos agenciamos un bus, le hacemos un par de apaños y lo transformamos en un hotel y le tomamos el pelo a los turistas”. Y los otros, españolitamente, contestan como simios “¿Qué no? ¿Qué no?”.

Y aquí estamos, tumbados a la bartola en mitad de ninguna parte yendo a toda pastilla. ¿Os acordáis de lo que decía en la anterior entrada de que el país no parece que esté acabado? Pues no queráis ver cómo son las carreteras... En realidad no las veriaís porque sencillamente no existen. Además, como no sé si los muchachos se han propuesto compensar el tiempo perdido organizando al pasaje o batir un nuevo récord, estamos yendo bastante rapidito. (Podéis ver una foto del pasillo del bus, hecha con el móvil, donde se ven las cortinas doradas
  
La idea ahora es pasarnos los dos próximos días en la isla esa en la que solamente hay electricidad un rato al día y no creo que haya Internet.

Si os queréis hacer una idea por donde estamos, aquí os dejo una web que tiene algo de información y un video que no está nada mal. Aunque aviso que no os recomiendo que lo veáis si estáis hasta las cejas de trabajo porque es una auténtica pasada.

Sin más, y esperando que hagáis todo lo que esté en vuestras manos para ser felices, nos despedimos con un ‘hasta luego’.


Besetes!

(Todo esto lo escribí durante el trayecto del bus y lo he colgado nada más llegar de vuelta a Sihanouk Ville)






viernes, 31 de enero de 2014

Camboya, 'one dollar'








En Camboya con un dólar americano puedes comprar lo que quieras. Es el precio estándar que ponen sus habitantes a cualquier cosa que te quieran vender. Al menos en los mercadillos y en los puestos cercanos a los monumentos, que es por donde más nos hemos movido estos dos días. La primera impresión, que se va comprobando a cada minuto que pasa, es que Camboya es un país por hacer. El auténtico turismo en masa todavía está por llegar pero ya abundan japoneses, chinos, vietnamitas y tailandeses. ¿Os explicamos qué hemos hecho estos dos últimos días?

Bien, en la última actualización os dejaba a punto de dormirme en el vagón cama del tren nocturno que iba de Chiang Mai a Bangkok. Podéis ver cómo eran las camas, al menos las literas superiores, donde nos tocó dormir. La verdad es que por la excepción de un importante de grupo de turistas rusos que iban con un pedo considerable, el medio de transporte es muy cómodo. A las 19 horas montan las camas entre los asientos de abajo y si quieres seguir charlando tienes que ir al vagón cafetería –donde los rusos se subministraban el vodka y el whisky necesarios para tocar las narices de manera soberana.

Aquí debería hacer un inciso para contaros la historia de un yankee que se lo quería hacer con unas australianas, una historia que nos dio mucho juego para pasar el rato porque el muchacho en cuestión era una pieza de coleccionista. Estos trenes van cargados de mochileros que charlan e intercambian impresiones y opiniones mientras se recomiendan destinos. Pues la criatura en cuestión se dedicó a alardear vomitivamente. “I’m an artist”, fue una de las perlas que le soltó, antes de especificar que se dedicaba a la joyería. Una de ellas, la que le daba más coba mientras se pimplaba una y otra cerveza, le soltó “Are you famous?”. Nos costó lo suyo aguantarnos la carcajada porque si llegamos a dar rienda suelta, lo mismo hasta nos oís en Menorca. La charla, que se hacía a viva voz para que todo el vagón se enterara, también incluyó “I’ve got a show”, por lo que deducimos que el fulano además salía en televisión.
 
La verdad es que nos entretuvimos bastante oyendo las tonterías que soltaban unos y otros. Él exhibiendo una falsa modestia que tiraba para atrás y la otra poniéndole ojitos. ¿Queréis saber el final de la historia? La muchacha se pilló una cogorza de escándalo, se coló en la cama del artista, que tenía reservada una litera inferior (más grande y cómoda que la superior) y envió al muchacho a dos velas y convencido de que había conquistado al pajarito a la que le tocaba a ella, una de arriba. Por la mañana, él se marchó sin despedirse… No porque estuviera hasta las cejas de resentimiento, que puede, sino porque la otra estaba semiinconsciente vomitando en la cama mientras le decía a la supervisora del vagón que se había mareado y ésta le insultaba mientras le mostraba las tres botellas de cerveza de medio litro que tenía al lado de la cama y la multaba. Una buena anécdota, sin duda, para amenizar las 14 horas de viaje.

Sobre las 22 casi todo el mundo dormía. Pensamos que era demasiado pronto y no entendimos por qué razón pero resulta que a las 6.30 nos despertaron para desmontar el chiringuito –menos a la bella durmiente etílica que estaba en pleno viaje interestelar entre babas y papilla incapaz de moverse- . Ya nos vino bien porque al llegar a la estación, sobre las 7.30, tuvimos tiempo de coger un taxi e ir al aeropuerto y cambiar los billetes de avión a Camboya por unos 12 euros, una ganga teniendo en cuenta que sino teníamos que esperar unas seis horas allí tirados para que saliera nuestro avión.

Bien, el carma –del que ya os he hablado en otras entradas- vino a tocar las narices. Resulta que el vuelo internacional que se hace entre Bangkok y Siam Reap que dura una hora y que opera Camboya Air Flight, se hace en un avión de hélices de “quan en Franco era corneta”. Más viejo que el DNI de la Duquesa de Alba. De los que Iberia no utiliza ni para exponerlos en el museo. Un cacharro.

Ya sabéis, los que me conocéis, que yo soy más de correr y nadar que de volar, pero con el apoyo de Clara y sin ningún tipo de suplemento médico – pastillita/tranquilizante recetada por mi médico de cabecera- se hizo muy llevadero. Además, con la entrada en el nuevo país, comprobamos las complicaciones burocráticas que conllevan. Clara tuvo que rellenar tres veces el mismo papel porque donde decía número de pasaporte puso el DNI  la primera vez y en la segunda, puso la nacionalidad. Un drama.

El aeropuerto en cuestión es un ejemplo fehaciente del país. La instalación es más pequeña que el de Menorca en sus tiempos pretéritos. Minúsculo. El bus te recoge para hacer la ridícula distancia de cien metros. Además, en el punto de llegada, había once personas para gestionar los visados. En nuestro vuelo no llegamos a 20 pasajeros. La escena era surrealista ya que de los once, cinco estaban comiendo, uno bebiendo una cerveza, otro jugando con una botella y los pasaportes iban pasando de mano en mano.

Un consejo, si algún día vais a Camboya, no cambiéis Rihals, la moneda camboyana. Está súper devaluada y te puedes mover con tranquilidad por el país con dólares. El cambio ahora es un dólar, 4.100 rihals, aproximadamente y solamente son cómodos para dar a las muchas personas que te vienen a pedir una ayuda.

El país parece como si estuviera en construcción. La carretera, mal asfaltada, no tiene arcén, es un camino, y no tienes la sensación de entrar en una ciudad cuando llegas a Siem Reap, sino que te vas encontrando edificios en calles –por decir alguna cosa- polvorientas. No hay tanto tráfico como en Bangkok, ni tantas personas, pero el trato es mejor. El albergue nos ha costado 26 dólares dos noches y aunque tiene algunos mosquitos, viene bien para compensar el presupuesto.

 
Al haber ganado tiempo –algo mucho más valioso que el propio dinero en cualquier tipo de viaje- decidimos ir a visitar los templos de Angkor, algo sencillamente espectacular. Si Ayuttaya ya nos encantó, estos restos son muchísimo más bonitos, aunque desgraciadamente tienen muchísimos más visitantes por lo que en según qué lugar cuesta estar tranquilo y empaparse de la tranquilidad que en su momento debía reinar en ese lugar.

Nos timaron un poco con el ‘tuk-tuk’ camboyano ya que el primer día nos sabló 17 dólares por una excursión de cuatro horas y el segundo 20 por otra de seis. Seguramente la primera tendría que habernos costado 8 y la segunda 10, siendo muy generosos, pero bueno, no nos arrepentimos de pagarlo porque lo demás es tan barato que compensa.

Antes de regresar a la ciudad, hicimos un poco más de guiris. Se ve que hay un monumento, el Phnom Bakley, que está en lo alto de una montaña y desde donde se ve una puesta de sol bellísima. Aconsejados por el 'tuk-tukero' nos acercamos hasta allí y nos encontramos con miles de personas haciendo cola para lo mismo. Como tontitos, aguantamos empujones y achuchones, para tener un sitio. Hubo momentos de tensión, como cuando un británico bastante grandote le estuvo a punto de romper la cabeza a un chino que, según decía la esposa del señor, le había tocado el culo varias veces. El chino iba con su mujer y su hija. Pero bueno, no me dio pena porque los chinos no respetan para nada las colas, hacen lo que les da la gana, son muy maleducados, y pone de mala leche. Bien, llegamos arriba, vimos que la terraza del monumento estaba llena, y pensamos que mejor que la puesta de sol en Son Bou es imposible, así que tiramos un par de fotos al astro rey y nos piramos.

Por la noche fuimos a cenar a un restaurante khemer (se pronuncia jemer) que es la cultura que aquí impera y no estuvo mal, aunque en otras mesas tardaron lo suyo. Cenamos unos rollitos, unos noodles (tallarines) con pollo, anacardos y verduras, unas gambas a la plancha –No tenían pinta de ser radiactivas- y curry rojo con arroz. Eso más cuatro cervezas Angkor, las locales, que no estaban nada mal, fueron 14 dólares.

Después nos dimos un paseo por el ‘night market’ donde a Clara le dieron un masaje de 30 minutos por un dólar, yo me compré unas Ray Ban (Ejem!) y unos pantalones de hippy por cuatro dólares y nos ofrecieron el oro y el moro. Al principio de la negociación intentan clavarte lo que costaría en Occidente. Por ejemplo el precio de las gafas era de 11 dólares, le dije que le ofrecía 1 y al final la negociación se saldó demasiado rápidamente en dos, por lo que salí perdiendo seguro. Igual me pasó con los pantalones. Tras haber gastado como buenos turistas, nos marchamos a dormir.


A las 10.30 hemos empezado el segundo día por Siem Reap en el que hemos visto la friolera de nueve templos bajo un sol de justicia que invitaba a hacer cualquier cosa menos pasear. La zona se llama Angkor Thom y los sitios que hemos visto son Bayon, Baphron, Phimeanekas, Terrace of Leper King, Phrea Paliley, Tep Pranam, Char Say Thavade, Thommara, Ta Keo, Ta Prohm (donde se rodó una de las películas de Tomb Raider), Bantay Kalei y Sras Sray, que es una especie de altar al lado del río.

Cuesta un montón describir los monumentos, pero para que os hagáis una idea, la sensación es como si estuviéramos dentro de la película de ‘Indiana Jones y el Templo maldito’. Impresiona mil veces más que Ayuttaya además está mejor conservado y no tiene tantos budas, aunque sí que es cierto que cada tanto te aparece una ancianita ofreciendote una pulsera a cambio de un donativo (Do you want lucky?, te suelta). Lo reconozco, ya llevamos seis pulseras Jejeje.

A pesar del montón de turistas que hay en la mayoría de templos, se respira un ambiente especial. Hay muchísimos monos salvajes que los custodian y que observan orgullosos a los visitantes como diciendo “sí, os concedemos el privilegio de dejaros pasar en nuestro territorio”, mientras que en algunas torres, los murciélagos chirrían estridente y agudamente como quejándose por el exceso de turistas que perturban una tranquilidad que era solemne hasta que el hombre, de forma consciente, regresó al lugar, hacia el 1975.

Cuando ya hemos aburrido los templos –Resulta curioso, ahora entiendo la devoción de los guiris por las Navetas y las Taulas, pero la verdad es que cuantos más hay más quieres ver aunque parezca que son muy similares- hemos vuelto a la ciudad a comer, sobre las 17 horas. Ha tocado un restaurante indio en el que “hem fet endemeses”, pidiendo un montón de comida.

En el hotel nos hemos duchado y ahora estamos descansando antes de ir a cenar de barbacoa, algo muy típico de aquí y se ve que es fruto de la influencia francesa.

Mañana tenemos la duda de si ir a hacer tirolina entre árboles altísimos –os prometo que los he visto de más de 20 metros- o agenciarnos una mega sesión de spa, que es algo también muy típico de aquí porque hay villas hoteleras de escándalo, hasta las 20.30 que sale el bus que hemos contratado para ir a Sihanouk Ville, una ciudad costera al sur del país, a la que pensamos llegar sobre las 8 de la mañana y desde la que cojeremos un barco para ir a Koh Rong, una isla de esas en las que apenas hay gente y confiamos en instalarnos en un bungalow en la misma playa.

Sin más y largándonos a seguir descubriendo Siem Reap, la séptima ciudad que nos encontramos en nuestro viaje –tras Dubai, Bangkok, Ayuttaya, Chiang Mai, Chiang Rai y Chiang Reap- y lo que supone el cuarto país tras Emiratos Árabes, Tailandia, Laos y Camboya.


 
Besetes!

jueves, 30 de enero de 2014

Una encantadora noche perdidos por la montaña

(Disculpad pero hoy internet me va muy mal, estamos en Camboya, y no puedo editar la entrada así que todas las fotos están después del texto, abajo)

Si puedes juntar en un mismo día hacer trekking, comer comida thai, nadar en una piscina con agua de río llena de peces, pasear en elefante y luego bañarlo, cenar compartiendo mesa con un grupo de desconocidos mientras los vas conociendo practicando el inglés y al acabar sentarte en mitad del campo alrededor de una hoguera mientras chaporrea una guitarra, donde no hay más ruido que el que tú haces y el de los animales comunicándose a pocos metros de ti, en la jungla, y ves caer alguna estrella fugaz, puede que en el momento de acostarte, en una cabaña sin pared y en una colina que da a unas vistas maravillosas de un valle, pienses que si este no ha sido un día perfecto, se le parece mucho.

¿Qué os voy a decir? El primer día de aventura de los dos que contratamos fue sensacional. Con todas las letras. Formamos un grupo de 13 personas, más el guía, para disfrutar de la actividad. Dos ingleses, tres fraceses, tres polacos, un suizo, dos canadienses y nosotros compartimos algo más de 24 horas fantásticas.

Empezamos comiendo una ración de Pad Thai (fideos con huevo, tofu, pollo y algunas verduras, además de cacahuete machacado) antes de dar un paseo que primero fue por el campo –el paisaje no tiene nada que envidiar al Camí de Cavalls- y poco a poco nos fuimos introduciendo en jungla hasta el punto de que las plantas eran más altas que nosotros. No nos abrimos paso a machetazos porque no era maleza densa ni tampoco se prolongó en exceso. En una de las paradas, el guía, que se llamaba Chian, nos enseñó a hacer una hoguera con palos de bambú. Os lo creáis o no, ya somos capaces de hacer fuego de la nada.

Tras el paseo llegamos a un complejo que a primera vista parecía inacabado, pero en realidad tampoco parecía que hubiera mucho interés en concluir nada. El lugar tenía una terraza cubierta con unas tumbonas de bambú además de una piscina por donde pasaba el agua del río pero esta vez no era de color marrón ni olía mal. Eso si, estaba llena de peces y de cangrejos.

El sol nos acompañó todo el día –ahora que caigo, lo ha hecho todos los días desde que llegamos- así que no os podéis ni imaginar lo bien que sentó una cerveza fría en esa terraza. El lugar estaba rodeado por una plantación de tabaco con hojas muy verdes aunque apenas olían, y durante el trekking también pasamos por una plantación de bananos y abundantes papayos (o como se diga el árbol que da la papaya).

Por la tarde, llegó el tiempo de los elefantes. Me he enamorado de estos animales. A pesar de ser enormes, me parecieron increíblemente frágiles, con un caminar lento, torpe, pero que deslumbraba. Dimos una vuelta de unos 40 minutos por una parte frondosa del bosque, incluso los conducimos un rato. Luego, los guías pidieron algún voluntario y yo me ofrecí sin saber para qué era…

Resulta que nos bañamos juntos. El guía me hizo sentarme en la cabeza del paquidermo que se fue solo hacia el río. Allí me dieron un cubo y un cepillo y mientras se tumbaba lo fui lavando. Creo que por mucho que lo intentara, jamás llegaría a ser capaz de explicaros lo genial que fue. Clara dice que sonreía ilusionado como un niño pequeño.

Luego nos tocó a nosotros ducharnos, en unas duchas sencillas pero por donde el agua caía por un tubo de bambú. Realmente auténtico. A parte de la terraza, el lugar tenía forma cuadrada, como la explanada de Es Castell, pero más pequeño, y estaba a los piés de la montaña. Como podéis ver en las fotos, la habitación estaba en la ladera de la montaña y era de madera. Había dos pisos, curiosamente en el de abajo la vista era mejor. Las camas eran colchones en el suelo con mantas y con mosquiteras.

Antes de ir a dormir, el guía nos preparó la cena, arroz con pollo y algún tipo de verdura similar al calabacín y con una salsa grisácea. No estaba mal pero el toque de chili casero le dio un sabor todavía mejor. La cena, como os he comentado, sirvió para que todos nos conociéramos, dijéramos de dónde veníamos, explicáramos nuestras aventuras hasta ese momento así como recomendaciones para seguir nuestro viaje por Tailandia. La sobremesa fue realmente agradable y continuó sentados en mitad de la explanada, alrededor de una hoguera que no solo daba calor sino que ahuyentaba los mosquitos. La escena ya se tornó surrealista del todo cuando vimos caer una estrella fugaz. Le pregunté al guía si incluso eso estaba preparado y se partió de risa.

Para ir a la habitación –no sé exactamente cómo llamar el sitio dónde dormíamos porque sólo tenía tres paredes-, teníamos que subir por unas escaleras pero al mirar al cielo y ver un número incontable de estrellas, nos quedamos atontados. Tantos días en la ciudad nos había echo olvidar que para disfrutar basta con levantar la cabeza. Me encantaría que lo vierais con vuestros ojos porque a veces las palabras no alcanzan, por más que lo intentes.

Cuando el cuerpo nos pedía dormir, ya con noche totalmente ocura, al mirar el reloj nos dimos cuenta de que solamente eran las 18 horas… La charla se prolongó durante un buen rato, antes de caer rendidos en la tienda.

La noche, no os lo negaré, fue fría. La humedad no es tan brutal como en Menorca pero se nota de forma clara y, por consiguiente, hace un frío difícil de soportar y que lo empapa todo.

Ojalá las fotografías reflejaran la belleza de las vistas que teníamos al despertar. Parecía como si hubiéramos dormido colgados en la montaña y el mundo, literalmente, estuviera a nuestros piés. La altura sobrepasaba el centenar de metros y apetecía mirar y no decir ni mú.

Evidentemente hay algo que no puede ir bien. Desayunamos a las 9 y estuvimos esperando a la furgoneta que nos tenía que trasladar hasta las 12. Fue una putada porque habíamos pactado con los guías que a las 4.30 Clara y yo teníamos que estar en la estación de trenes para cambiar los billetes e intentar conseguir una cama en el tren. Habíamos perdido muchas horas y todavía, en teoría, nos quedaba por hacer otra ruta andando, visitar una cascada, hacer rafting, descenso en balsa de bambú e ir a visitar una tribu local.

Evidentemente todo se tuvo que acortar. La visita a la cascada fue tremendamente guay. Aunque no era muy grande –en teoría teníamos que ir a otra mucho mayor y para la que teníamos que caminar como tres horas-, tenía un tobogán natural por el que te podías tirar y no dolía nada. Cuatro, cinco o quizás seis veces. No sé cuantas veces lo hice.

Luego fuimos al río, a los rápidos, por donde hicimos rafting, rodeados de naturaleza y con un paisaje de película. Cruzábamos el río en mitad de las montañas e incluso nos encontramos un elefante suelto por ahí, pastando tranquilamente. Tras una hora, nos pasamos a la balsa de bambú que no tuvo demasiada historia.

Como nos quedamos sin tiempo, no pudimos ir a visitar a la tribu y fue una lástima porque habíamos comprado varios packs de rotuladores y libretas para regalarles a los más pequeños. Seguro que encontraremos a otros niños a los que también les hará tanta o más ilusión.

Y bueno, tras una hora y media en furgoneta de vuelta a Chang Mai, nos dejaron en la estación de tren, donde llegamos diez minutos antes de que cerraran el tren y pudimos comprar otros billetes con cama. Es genial porque ahora mismo os estoy escribiendo desde una de las cabinas en las que apenas quepo, como podéis ver en la foto. Todo el mundo duerme a excepción de un grupo de rusos mamados hasta las cejas que no hacen más que gritar mientras cruzan desde el vagón restaurante hacia el suyo que, imaginamos, está en primera clase.

Está genial teniendo en cuenta que vamos a pasarnos aquí las próximas 14 horas (Hemos salido a las 17 y tenemos previsto llegar sobre las 9. Nos ha costado cada billete unos 800 bath (unos 20 euros) y lo bueno es que ganamos un día ya que al viajar de noche, nos despertaremos en Bangkok para coger un avión rumbo a Camboya.

Sin duda ha sido otra de esas experiencias inolvidables. Como todo el viaje en general y que recomiendo a aquel que pueda. No sé si al acabar seré mejor persona o me habré encontrado a mí mismo espiritualmente o espirituosamente pero tengo claro que seré mucho más feliz y que me conformaré con mucho menos. Y eso es lo importante.

Besetes.



















lunes, 27 de enero de 2014

Nos pareció ver a un centenar de lindos gatitos

Tacháan! Esta es la simpática -aunque previsible dado que estamos en Tailandia- sorpresa peludita de cuatro patas. Hoy hemos ido a ver el 'Reino de los Tigres', así se llaman la atracción que alberga cerca de un centenar de lindos gatitos que se dejan fotografiar de todas las formas y ángulos posibles, previo paso por caja. Esta visita ha sido lo más interesante de un día en el que hemos descansado, a mi me han dado un masaje de una hora mientras a Clara le hacían la pedicura y en el que hemos comprado dos billetes de avión para marcharnos el jueves a Camboya. Otro país más para la saca. :)

Como os comenté ayer, el de hoy iba a ser un día sin despertador, ni prisas ni estrés. Nos hemos levantado a las 10.30, después de dormirnos sobre las 00 y hemos decidido organizar la excursión a los tigres. En una agencia nos dijeron que el traslado costaba 400 bath (Unos 10 euros) cada uno y como nos despistamos y no era una prioridad no lo cogimos. Vaya sorpresa esta mañana cuando desde el hotel nos han conseguido un taxi que nos pedía 300 bath en total para llevarnos, esperarnos mientras hacíamos la actividad, y devolvernos al hotel.

Una sorpresa agridulce, la verdad, porque comentábamos que los tuk tukeros llevan tantos días estafándonos que nos sabía mal por el pobre hombre que no parecía mal tipo. Pero bueno, ha sido él el que ha puesto el precio.

Os explico. El 'Reino de los Tigres' tiene cuatro tamaños de felinos. Los grandes, los medianos, los pequeños y los cachorros. Tu pagas una entrada de unos 20 minutos a la jaula que quieras y te haces un porrón de fotos. Además puedes contratar por un extra a un fotógrafo profesional para que te haga un CD con 50 fotos. Hemos entrado en la de los cachorros, los pequeños y los grandes, donde además hemos contratado al fotógrafo. En total la broma nos ha costado 65 euros, pero la verdad es que la experiencia ha sido muy bonita.

Habrá quien piense que los tigres estaban drogados pero la verdad es que mientras estabas en la jaula, que en realidad era un recinto grande vallado, veías como los cuidadores jugaban con ellos y los hacían saltar al agua, perseguir plumeros y no parecían para nada drogados. Nos han explicado que cada grupo de cuidadores coge una camada desde que son cachorros y crecen juntos, por los que los animales los reconocen enseguida.

Además, el lugar contaba con un león, varios tigres albinos y cachorros de un mes de vida que no se podían exponer porque todavía son muy jóvenes. Íbamos un poco con la duda de lo que nos íbamos a encontrar y la verdad es que las sensaciones han sido muy positivas y nos hemos divertido.


Por la tarde hemos ido a una oficina de correos a enviar algunas compras, hemos comprobado la eficiencia asiática del servicio y su buen hacer, y luego nos hemos ido a un cyber a comprar los billetes a Camboya, mientras decidíamos qué sitios queremos visitar. Resulta que el cybercafe al que hemos ido se llama Kaldi y nos hemos acordado de Isa, Lydia y, sobre todo, de Manu, por las incontables horas que nos hemos pasado en Cal Dimoni, 'Caldi' como nos gusta llamarlo, ese especial local de Maó en el que cualquier hora es buena para echar una birra y unos billares.

Luego, antes de cenar en un italiano que estaba bueno pero que nos hemos arrepentido porque ha sido muy caro en comparación con cualquier otro sitio de Chiang Mai, pero el cuerpo nos empezaba a pedir algo de comida occidental, nos hemos regalado un caprichito. Clara se ha hecho la pedicura, con masaje de piés incluido, mientras que a mi me han dado un masaje que tenía que ser sencillo pero que ha resultado como si me hubieran pegado una paliza. El asunto ha empezado tranquilo, trabajando las piernas, pero cuando me han llevado a una habitación, la mujer se ha venido muy arriba y ha empezado a clavarme la rodilla en la espalda, a estirarme la cabeza y los hombros, colocarme y descolocarme a su antojo los brazos... En fin, que sin saberlo me ha hecho una pequeña demostración de lo que es el típico masaje thai. Para quien lo quiera... .

Ahora iremos a dormir porque mañana nos vamos de trekking a la zona de Mae Taeng dos días, donde iremos a pasear con elefantes, caminaremos, nadaremos en varias cascadas, haremos rafting y descenso en balsas de bambú y visitaremos a una tribu llamada 'Akha'. Nos vuelven a ofrecer visitar a las 'Long-Neck' pero volveremos a rechazarlo. Sencillamente no nos parece humanitario.

Y bueno, a los que seguís este Blog, comunicaros que mañana martes no va a haber actualización, más que nada porque en mitad de la jungla no hay Wifi. Regresamos a Chiang Mai el miércoles sobre las 17h pero vamos directos a la estación de tren desde donde saldremos rumbo a Bangkok. Tampoco creo que pueda actualizar. El jueves llegamos a Bangkok sobre las 9 de la mañana e iremos al aeropuerto ya que el vuelo a Camboya sale a las 14.10, por lo que con un poco de suerte si consigo gorronear alguna señal decente por ahí os pondré al día y subiremos algunas fotos. Sino, ya será desde Camboya.

Hasta entonces, portaros bien y, sobre todo, pasarlo muy bien. (:

Besetes!